lunes, 6 de abril de 2015

¿CÓMO SE APRENDE A VIVIR SIN TI?



Me he sentado a escribirte y no sé por qué todas las palabras se me han ido. No, no es que se me hayan ido, pero hay algo en mí que no me permite escribir sobre este momento que vas (que vamos) pasando, hay algo en mí que me dice que es mejor buscar otro de tus momentos y escribir sobre ellos. Para qué, además, retratar estos días, estas semanas, estos meses. No la hemos pasado tan bien, la verdad, pero tampoco debemos decir que siempre la hemos pasado muy mal, has (hemos) tenido nuestros buenos momentos. A ti te tienen, digamos, que bien atendida, haciendo sus respectivas salvedades, por supuesto, y al menos ya hemos dejado de escuchar los gritos de la casa o, mejor dicho, han sido reemplazados por estos otros que piden auxilio o gritan nombres ininteligibles, aunque no a cada rato como podrían pensar los de afuera.

Podría decir que soy un involuntario habitante de estos pasadizos, un incondicional enfermero que está siempre contigo y oye gritos y auxilios y ve lo que no quiere ver y siente lo que nunca quiso sentir.  Han sido semanas de mucho cansancio y de una infatigable tristeza, y siguen siéndolas de algún modo. En realidad, de todos los modos. Menos mal en este momento ya no tienes las vías que ten han dejado feas hematomas, pero eso es lo de menos, lo peor era que te dolía y a veces se te hinchaba y había que sacártelas y buscar otra vena y después otra hasta que la de verde pudiera ponértela bien.

Aquí desayuno, almuerzo y duermo, acompañándote. Decir «desayuno», «almuerzo» y «duermo» no son más que eufemismos. Uno de los mayores problemas ha sido dormir en la silla (sigue siéndolo). Después de eso, lo demás es soportable. Dormir en la silla también lo es, pero hacerlo seguido, día a día, sí que es cansado y doloroso, mi pobre espalda, mi pobre columna me piden a gritos una cama, una bendita cama. Ha habido noches en que he tirado una sábana al suelo y allí me he echado, pero al rato ha venido alguna de las de blanco y me ha preguntado si acaso estoy en un camping. 

Las madrugadas, por estas fechas, me han parecido que tienen más horas de la cuenta. No duermo nada o mejor dicho duermo de hora en hora, por eso que llegada las nueve o las diez de la noche ya tengo un sueño infernal. He pensado también que por estos días el sueño es parte de tu vida. Sí, en esta parte de tu vida, la vida para ti ha llegado a ser puro sueño. Lo malo está que ahora los alteras y muchas madrugadas despiertas alarmada o amargada porque todavía no amanece porque todavía son las dos o tres de la mañana. Entonces debo preguntarte, así adormilado y a punto de desmayarme, qué quiere usted, patrona mía, qué desea, estoy a sus órdenes, y de acuerdo a tu respuesta llevarte de la mano al baño o contarte un cuento hasta que vuelvas a quedarte dormida por otra hora o, con suerte, por dos o tres horas hasta que llega la mañana y desayunas y vuelves a dormirte. Y entonces te digo levántate, no seas ociosita, dormir mucho hace daño y tú me contestas que no estás dormida, que solo te encuentras echadita, otras veces me dices que solo estás pensando, entonces yo me río intentando que tú también te rías, pero continúas con los ojos cerrados.

En el día inevitablemente también cierro los ojos, aunque la verdad contigo me he prohibido incluso pestañear. Aquí los días pasan lentos y por momentos pasan demasiado rápido, sobre todo a la hora de visita. Yo intento leer mientras duermes, pero es difícil, de rato en rato vienen las de blanco o las de verde o los hombres serios y me hacen preguntas y te despiertan y te ponen cosas en los brazos y otras cosas en las piernas, para tu bien, te dicen, para que estés mejor, y tú aceptas como aceptas algún jarabe amargo porque no te queda de otra. La cuestión es quedarme contigo, no dejarte sola, por nada del mundo dejarte sola. Yo estoy a tu lado, siempre a tu lado, no te hagas y ábreme tus ojos, extiéndeme tus manos y dame tu mejor sonrisa. O la peor, qué importa, pero sonríeme, tus sonrisas siempre son hermosas, las más bellas que he podido ver en este mundo que me ha tocado. Vamos, dime algunas palabras, canta como sabes cantar, o reniega, llámame la atención, enójate como lo hacías en los días que llegaba tarde o sacaba una mala nota.

Que duermas mucho me pone triste, el problema es que cuando despiertas ya no sabes qué hacer. Cuándo nos vamos a casa, me preguntas, y no sé qué responderte porque yo tampoco lo sé, pero te digo que pronto, y tú me dices mentiroso, ya no te creo, pero me lo dices de tal forma que me hace sonreír y allí sí tú más despierta me muestras tus dientecitos de ratones con los que recibes tus alimentos. Es lindo verte sonreír, pero es más lindo saber que tu sonrisa basta para cambiar mi ánimo.

Si he aprendido a crecer ha sido por ti. Si he aprendido a hablar ha sido por ti.          Si he aprendido a querer ha sido por ti. Todas mis virtudes son tuyas. Los defectos son solo míos. Por las noches, cuando apagan la tele y el silencio se hace más silencio en estas blancas habitaciones o cuando los posibles gritos llegan hasta tu oído y tengo que decirte que es un señor que canta o una señora que le gusta rezar en voz alta, cosas así, y tú me miras como diciéndome qué demonios hablo y luego de inmediato cierras los ojos como si todo haya sido otra parte de lo que soñabas, siento (o intento creer) que todo esto es un sueño —una pesadilla debería decir— y quiero despertarme, despertarme de una vez y que todo vuelva a ser como antes, como esos días en que nos sentábamos afuera de la casa y me contabas tus historias infinitas y yo te seguía preguntando uno u otro detalle o te ponías a tejer en la sala y yo me sentaba a tu costado con un librote y tú escéptica me preguntabas si en verdad lo terminaba, esos días en que preparabas arroz con leche y todos lo comíamos con tanto encanto y repetíamos una y otra vez hasta que la olla se acababa, esos días en que tu habitación te contaba historias que leía y no parabas de preguntarme, por ejemplo, por la historia del Cid o no parabas de reírte, por ejemplo, por la historia del tal Lazarillo.

Te cuento que hoy, después de tanto, he vuelto a casa y he entrado a mi cuarto (no me he atrevido a entrar al tuyo). He entrado a mi cuarto únicamente para sentarme en esta vieja pc y escribirte mientras uno de mis tantos hermanos, por fin, ha podido reemplazarme y está acompañándote. No es fácil dejarte allí, tampoco es fácil llegar a casa cuando tú no estás. Llegar a casa y no encontrarte es lo peor que puede ocurrirle a la vida. Llegar a casa y no encontrarte es lo peor que puede ocurrirle a mi vida. Dime, vieja mía, ¿cómo hago para aprender a vivir sin ti? Vamos, levántate, y de la misma forma en que me enseñaste a caminar, ahora enséñame esto, déjame también esta enseñanza.

moisés AZAÑA ortega

HIJOS IDIOTAS

Un pequeño cuento

La historia es sencilla. Ella no solo tuvo que dar a luz con mucho dolor a sus hijos, también tuvo que cambiarles los pañales, pasar malas noches una y otra vez, luego tolerar o soportar berrinches, ayudarles en su formación, sacrificarse con todo su amor, primero por uno, luego por el otro y así hacerles crecer a todos.

Una vez crecidos, ella mal que bien, continuó preocupándose por ellos y haciéndoles favores hasta el último, dándoles de comer o prestándoles dinero que muchas veces no veía de vuelta. Los hijos, por supuesto, tuvieron otros hijos y ella se hizo abuela de muchos nietos. Por su forma de ser o por su crianza, ella también estuvo de algún modo u otro pendiente de los nietos. Claro, muchos de ellos lo olvidan o se hacen los desentendidos.

La historia es larga, para resumirla hay que decir que a ella le crece la edad y empieza a tener arrugas en la piel y en el corazón  y así, con los días, con los años, va perdiendo fuerzas en sus huesos y poco a poco va caminando con mayor dificultad, empieza a quejarse de uno u otro dolor y, para colmo, los que viven con ella no le tienen paciencia y por cualquier menor motivo le alzan la voz. De este modo, ella envejece más rápido y cada vez se va alejando de la vitalidad que la caracterizaba, así hasta que un día cae enferma y la tienen que hospitalizar.

Una vez hospitalizada, los hijos siguen con sus cosas como si nada pasara, como si su madre estuviese bien. Ella, por decirlo de algún modo, queda como abandonada a su suerte. Puede sonar exagerada esta palabra, pero ella sabe muy bien que esta palabra es exacta. No para todos, pero sí para la mayoría, pues con visitar un día o a lo mucho dos y solo un par de horas ellos creen que ya cumplieron. Ella, claro, se entristece y llora. Ellos se excusan, siempre tienen un pretexto en sus labios, sin embargo sus acciones dicen lo contrario, pues para viendo televisión o haciendo la siesta o haciendo cualquier otra cosa que muy bien pueden hacerlo en cualquier otro momento, pues trabajan independientes y no para una empresa que rija su horario. Y los muchos nietos que tiene, no la visita o la visita solo una vez.

Lo peor de todo es que tanto nietos como hijos, sobre todo los hijos, hablan o “bromean” de herencia y de otras cosas como si ella no estuviera viva. Se preocupan de estas cosas, pero no de su madre o abuela hospitalizada. ¡Ni siquiera se dan tiempo sábado o domingo! ¡Ni siquiera se dan tiempo por semana santa! ¿Es para enojarse o no? Qué historia caray: cualquier parecido con alguna realidad es pura coincidencia.

moisés AZAÑA ortega