sábado, 7 de febrero de 2015

CACACIONES


lunes 11 enero 2010


Mamá hace unos días que no está en casa, quizá hoy o mañana regrese. Entretanto continúo con la política austera en el desayuno, almuerzo y cena. Ayer desayuné soya y cuatro panes integrales (no por dieta sino porque era lo único que hallé a las diez de la mañana), mi almuerzo fue un arroz al secreto con harto atún, y la cena, algo barata y suave. Se entiende que son días en que mi economía está peor que la de Wilde al salir de la cárcel. Debo agradecer que por lo menos no paso días de hambre como pasan hoy tantas familias, aunque no sepa quiénes, y como pasó también Guevara (antes de ser el inmortal Che) y Granado cuando jóvenes se enrumbaron a recorrer Latinoamérica. 


           Me gustaría alguna vez aventurarme del mismo modo aunque con un recorrido menor. Conocer tantos lugares inimaginables y gente tan disímil, conocer asimismo el verdadero hambre, el verdadero frío, la verdadera desesperanza, el sudor en la cara, el desamor en los huesos. No sé si lo haga, quizá lo escribo porque asumo en el inconsciente que el viaje jamás se realice.

 Hablando de aventuras, hoy mi tío Hiliades que ha venido de Venezuela por vacaciones, contaba los periplos que realizó en la edad dorada al interior del país, y también a Ecuador, a Colombia hasta llegar a Venezuela enamorándose de esta tierra y de su actual esposa (quizá primero de su esposa y después de la tierra; no importa). No en vano vive allí ya treinta y dos años y tiene un acento venezolano tan marcado que fácilmente cualquiera podría creer que es un oriundo veneco (que yo sepa, tengo tres tíos residentes en el pueblo de Chávez, pero con el apellido de mamá). Mientras tío Elíades contaba las aventuras que conoció entre risas con mi hermano mayor, ambos coetáneos rememorando tres mil y un anécdotas, yo me sentía un idiota, un mongol que no pasa sus días, sino que los días pasan sobre él. Si algo se le criticó a Borges fue su falta de vida, pero él leía a montones, en cambio yo no leo a montones, apenas algunas páginas diarias, apenas esa curiosidad devaluada que la consumo en desorden y sin disciplina.

 Punto y aparte.

            En estos días no existe mi vida, solo un intento furioso por vivir. Me he estado volviendo un mediano escribiente de epístolas, mas no un logrado escritor de narrativa. Últimamente es poco lo que he hecho, algunas películas, algunas páginas, algunas salidas, algunas conversaciones, algunas angustias, algunas caminatas… Y creo que poner «algunas» no es justo, demarca un número anónimo incontable cuando en realidad cada uno de los momentos los tengo enumerados, acaso porque todavía son pocos los días en estas cacaciones o porque mis días transcurren monocordes y sin sorprendentes matices. Creo que hay una comunicación entre ambas alternativas, como si cada una haya puesto de su parte para convertir a mi vida de un solo color, un juego de acordes que se repiten hasta el cansancio: adiós polifonía, adiós vida polícroma.

            El último relato que escribí fue «Gloria», luego todos los temas que han pasado por mi cabeza me han parecido… En realidad no me han parecido, los he sentido fuera de tiempo, fuera de mi tiempo, es decir no me he sentido con la fuerza o el entusiasmo de escribirlos. He tenido paciencia y he dejado que los días hagan lo suyo, algo así como dice Voltaire: «El tiempo es justiciero y pone cada cosa en su lugar». Y llegó: visité a un amigo de secundaria el dos de enero, y entre tantas anécdotas que contamos, dos me llamaron la atención pero solo de una me sentía capaz de contarla. Quise escribirla la misma noche que llegué a casa, no recuerdo qué sucedió para dejarla para el siguiente. Fatídica decisión: jamás existió siguiente día. Anda perdida por la desidia, por la ausencia de disciplina y por un malestar secreto que se manifiesta solo internamente y no hay catarsis que la desentierre. Como ves, estos días han caminado más pa’ bajo’ que pa’ rriba’.

Seguiré escribiéndote si el tiempo, la vida, la vista y las ganas me lo permiten.


moisés AZAÑA ortega