miércoles, 28 de enero de 2015

Mi primera clase modelo

A mi amigo Toti

La primera vez que di mi clase modelo fue ya hace unos años. De lo más trágico. El colegio se llamaba César Vallejo y yo me decía —en clara evidencia de darme ánimo— que no podía haber mejor señal, ya hasta me imaginaba en unos años diciendo «Yo comencé en el colegio que lleva el nombre del mejor poeta peruano, nada más prometedor». Me probaron el director que era profesor de Educación Física y su esposa que era la subdirectora y que nunca supe de qué era licenciada o si lo era. La clase que tuve que preparar fue para niños de quinto y sexto de primaria, de Literatura, y yo, nada más raro, ¡preparé una de la Ilíada! Quería anexarla a la película Troya que pensé habían visto.

La hice horrible.

Yo imaginé encontrarme con niños en el aula, pero los únicos niños fueron el director con su esposa. ¡Y tenían unas caras! Con esas caras serias y al parecer intoxicadas lo único que provocaba era morirse allí mismo o huir corriendo, pero la promesa ya estaba hecha y no podía dar marcha atrás. En otras palabras, no podía más que morirme frente a ellos (espectáculo bochornoso y ni siquiera habían pagado su entrada). Pero no me morí, cogí los papelógrafos que había preparado el día anterior (horribles) y uno lo coloqué en la pizarra y otro en la pared. Mientras colocaba los papelógrafos y ponía el título de mi clase pensaba qué carajo hacía allí y cómo podía librarme de esas caras-diarrea que estaban al frente en unas sillas que parecían de inicial, pero que eran de primaria y a las que rezaba para que me hicieran el favor de romperse. También intentaba pensar en todo lo que había intentado prepararme para esta clase modelo mi amigo y profesor Toti (en realidad se llama: Aristóteles Sócrates Platón. En ese orden, para tristeza suya. Y digo tristeza porque todo el mundo lo vacilaba, pero esa es otra historia). Y nada, estaba tieso, era hombre muerto. Mirándolo desde acá, quizá un vasito de ron o de pisco hubiera podido aligerar un poco mi estado guillotinezco. Y entonces empecé, horrible, pero empecé y ni bien empecé ya quería que termine. Que de los géneros literarios explicaría la épica, que de la épica tomaría la obra de Homero, que de Homero la Ilíada, que la Ilíada tiene 24 cantos o rapsodas, que fue escrito en hexámetros, que el tema es la doble cólera de Aquiles (y me demoraba explicando esto), que Homero nunca lo escribió, que fue escrito siglos después, que etc., etc., etc. Y todo lo intentaba presentar o explicar de modo dinámico y quizá gracioso. Pero las momias seguían como si se tratase de un funeral y no de una clase, segurito tenían el culo estreñido. No —abajo autoestima— la culpa la tenía yo, pues la verdad ni yo mismo me creía todo lo que decía. Y es que con esas caras realmente nadie podría.


Después fui aprendiendo que todas las caras de los directores o de los que te evalúan tienen el mismo aire de culo estreñido. Y solo hay que ignorarlos, por más difícil que resulte. Pero esa, mi primera vez, todavía no la sabía y mientras explicaba me seguía diciendo qué demonios hago acá, debo irme, pero antes de irme debo acercarme y escupirles a ver si así reaccionan. Parecían tal para cual, hechos para la humillación o el aburrimiento. Me daba escalofríos de tan solo imaginarlos al enamorarse. Para mí que lo que le llamó la atención de ella fue su modo de bostezar y él se habrá enamorado la vez que la vio dormirse en una fiesta sin haber bailado siquiera una pieza. La pareja perfecta ¿o no? Al final me hicieron dos preguntas, la primera no me acuerdo y la segunda, la que no supe qué responder, fue ¿qué tarea preparó para dejarles? Hijos de puta, esa Toti no me la había enseñado. Ah, la primera fue: ¿qué haría si un alumno se pone malcriado? Fue respondido del mismo modo que Toti me enseñó y que luego pondría en práctica aunque muchas veces de modo infructuoso. Me fui con la clara certeza de que nunca enseñaría. El director me llevó en su mototaxi. El director tenía un mototaxi y no un auto, sucede que para llegar a su colegio había que ir o en burro o en mototaxi. Al despedirme me dijo la tan temida frase: le estaré llamando. Y bueno, quiero creer que se le perdió mi número.

diciembre 2013
Moisés AZAÑA Ortega