jueves, 26 de diciembre de 2013

UN VEINTICINCO DE DICIEMBRE


-Mi casa es un desastre sin tu risa-
«Avanti morocha»
Los caballeros de la quema


25 de diciembre de 2013
Sí, es Navidad. Este año, como siempre, Papá Noel no me ha traído nada y Jesucristo, otra vez, no ha podido unir a los Azäña Ortega (mi familia es un desastre en negrita y con mayúscula). Ayer, antes de la medianoche, salí a caminar un rato. Quería ver, sentir esa navidad de la que tanto hablaban. Había luces de todos los colores, papanoeles escapando o subiendo por los balcones, un montón de señores y señoras con rostros fatigados, niños con todo el entusiasmo encima, adolescentes acicalados como si se tratase de sus cumpleaños, algunas colas en las panaderías por recoger su lechón o su pavo al horno. Se respiraba la bienvenida de algo incierto. Como si el juicio final estuviese cerca o como si Dios fuese a bajar a medianoche para dar un concierto de metal.
Los restaurantes estaban llenos, las licorerías hacían su agosto, en las avenidas las combis y los taxis seguían trabajando. Pero la verdad, no pude ver mucho. Más intenté recordar alguna navidad memorable en casa. Y no pude. No sé si por el bullicio de la gente o de los niños adelantando sus silbadores, ratas blancas, calaveras… No sé, la cosa es que preferí cambiar de tema y volver a casa, tal vez podía ver de nuevo «La vida de los otros» y de casualidad acordarme de algo bueno. En realidad, quería ir a la playa. Y no regresar. Caminar y correr por encima del mar y seguir corriendo hasta llegar a una isla o a un país de dragones y bestias salvajes. En la isla, conmigo solo en ese mundo, echarme cansadísimo y dormir y seguir durmiendo hasta que el océano me trague.

Pero en mi noche no hubo ni playa ni isla ni nadie quien me tragase.
Cuando llegaba a casa, los niños seguían correteando con sus pabilos encendidos y había puertas abiertas que dejaban ver enormes nacimientos y adornados árboles más grandes que sus salas, casi tan grandes como sus egos. Mi casa, con el árbol de palta a la entrada, sin una luz navideña, sin el pavo al horno sobre la mesa, con mamá durmiendo, con los demás no sé dónde, mi casa, digo, con la familia por ningún lado, parecía una isla fantasma entre todo ese mar gigante de niños navideños y dragones en la calle con vasos de cerveza o de chocolatada en la mano.
Entré a mi cuarto y allí estaba yo de nuevo entre todo este desorden que me sigue acompañando mejor que perro fiel. Tomé a Baudelaire y me senté como han de se sentarse los deportistas que tras una ardua carrera quedan segundo en la final de un campeonato. Repasé las líneas de «Las flores del mal». Fue en vano. ¿Qué podía hacer? Quizá solo la playa de noche hubiese podido rescatarme. Quizá solo la voz de ella o la voz de papá. Quizá solo yo. Pero yo ya no estaba. Y había que hacer algo. Pero nada hacía. Prendí la computadora, intenté escribir, a la tercera línea ya no sabía qué apuntar. Puse «La vida de los otros», se rayó. Encendí la radio, las mismas canciones de siempre; puse el disco del Tributo a Leusemia y con el tema «Instantes eternos», no sé por qué, pude volver, al menos, un poquito en mí.
Más tarde, tras una llamada, salí a la casa de un amigo como había quedado, esperanzado de que con esa salida pudiese reencontrarme. Rescatarme. En su sala sentado en ese sillón guinda preferí haberme quedado seco en mi cama, me sentí como Jerska de «La vida de los otros»: un impostor entre toda esa gente. ¿Qué hacía yo allí intentando seguir conversaciones que no me interesaban, qué hacía yo allí compartiendo opiniones que ya había escuchado veinte mil veces, qué hacía yo allí intentando salir de mi embrollo si ya sabía desde que entré que allí no estaba la salida? ¿Por qué no me paraba y decía «Disculpen, me tengo que ir»?
Llegué a mi cuarto casi a las seis de la mañana y he despertado poco después del mediodía. Ya un poco mejor. Tomé mi guitarra que está en mi cabecera y empecé a tocar «Avanti morocha» de Los caballeros de la quema. El sol ahora entra por la ventana, tengo puesto una sandalia blanca, un pantalón beige, un polo marrón, siempre con mis pulseras coloridas en mis muñecas. No me he visto al espejo, de seguro tengo el rostro como si haya vuelto de una guerra. Y estos cabellos ya debo cortármelos. Salgo por el balcón y veo que las calles han quedado destrozadas, como si de verdad Dios anoche haya cantado algún tema de Iron maiden o de Black Sabbath. Por ahí uno que otro cuetecillo todavía persiste, el fantasma navideño se va disipando como una flor herida para dar paso al fantasma de fin de año.
Ya todo está dicho, este año ha terminado, mal o 

bien, pero ha terminado, y las personas pasan con los rostros cansados como si viniesen de algún velorio. En mi cuarto he encendido el ordenador para revisar unos poemas de la Generación Beat y terminar un ensayo de Wittgenstein que dejé a mitad; de casualidad me he encontrado con el mail de L que me escribió allá por el lejano jueves de hace casi un mes y que en ninguno de esos días tuve tiempo de contestar. Y si lo tuve, me puse a hacer otras cosas. Ahora le quise contestar, y tampoco he podido. En lugar de responderle, me puse a escribir estos renglones. Al inicio quería contestarle y escribí lo de Navidad solo como introducción, pero llegado ya al segundo párrafo supe que ya nunca le escribiría.
Ahora, si me permiten, bajaré a la cocina a ver si encuentro algo para comer. Tengo hambre y sé que, al menos esta tarde navideña, ni Papá Noel ni Jesús ni todos estos renglones me darán ni un pedazo de pan. En fin, como dicen por estos días: feliz Navidad.
MOIZÉS AZÄÑA

La vida de los otros