lunes, 20 de febrero de 2012

Dibujo tu piel en
mi memoria

abrazo tus labios

robo tus dedos.

La ternura de esos ojos redondos
—osos disecados

lagartos perdidos—

también me pertenecen.

septiembre 06

AZAÑA ORTEGA

viernes, 3 de febrero de 2012

Encuentro

Antes de pronunciar mi nombre, me miró largamente. Todavía dudoso me extendió la mano. Roberto ya no era el niño con quien hacía travesuras y jugaba con piedritas en la losa de la Cruz Roja, pero continuaba con la misma panza de siempre y parecidos cachetes. «Antes estaba más gordo, ahora estoy tratando de bajar». Estudia Ingeniería Civil y se recursea tocando percusión en una orquesta los fines de semana.

Recuerdo cómo fijamente me preguntó si tenía tiempo. Creo que eran las diez de la noche. «Vamos, te invito…», sin esperar mi respuesta cerró la puerta de su casa y ya caminaba adelante guiándome hacia algún bazar. Sentados en una banca frente a un parque descolorido bridamos con Frugos y galletas San Jorge.

Me tomó como su psicólogo y la confianza primigenia, infantil y pura que algún día tuvimos, regresó de manera espontánea. Se marchó de su casa por cuatro años, en el nuevo vecindario conoció a su ex que, además de engañarlo, le dejó de herencia la duda y la desconfianza. Su ex es la mujer de su vida pero también es la hijastra de su tío. Pero no son nada de sangre, me cuenta, puede ser su esposa pero ella tiene planeado un viaje a Madrid en febrero próximo. No entiende cómo puede dejarle, él no se iría a otro país si no fuese con ella… Intentaba contármelo todo en esos minutos, sin perderse ninguna de las estrofas mal compuestas de su música. Esa música que ya no escuchaba hace tanto y que hoy tenía otra voz, otro lenguaje, otra marca.

Sin querer, en menos de dos horas, habíamos hecho un compendio de alegrías, desgracias y nostalgias. Mientras lo miraba traté de recordar su rostro de niño, jodido y coqueto, pero nada, al frente de mí estaba un sujeto desconocido: cabello corto peinado hacia atrás, ojos claros, mirada percudida, sonrisa sin la diablura que desvelaba inocencia e ideales cuando éramos compañeros de clase en primaria. Esa voz nueva, extraña, continuaba hablando. Había gestos y sonrisas que, sin embargo, no habían cambiado en la suciedad de nuestros años.
septiembre 2009
aZaÑa oRTEGA