sábado, 31 de diciembre de 2011

Qué sería yo sin esta habitación, aquí existo, aquí soy y también aquí, en este mismo lugar, dejo de ser. Cuántas veces tirado en mi cama he visto el techo blanco y he pensado que lo mejor sería ser parte de ese techo, es más, ser el propio techo antes que ser yo. Y aunque no he sido un techo, he sido una pared. Una de esas paredes que son como una piel o una oreja, que se duelen, que se niegan, que se pierden, que se quiebran. Una pared que le falta color, una pared que todos ven y que todos ignoran. Una pared que sufre sin que se den cuenta.

AZAÑA ORTEGA

domingo, 18 de diciembre de 2011

Sol homicida

Sucio sol. Inmoral. Ayer, hoy. Sol amoral. / Esta primavera sin árboles y sin pájaros sí que duele. Enferma, cansa, mata. / Sol homicida. / Los ladrillos se funden, las pistas se fermentan, las ventanas palidecen, los fierros se broncean, los carros se incineran. / Un sol pecaminoso, desbordante, descarado. / Un sol muy humano.

noviembre 11

AZAÑA ORTEGA

martes, 8 de noviembre de 2011

La áspera ficción que tus ojos arañan
van marcando en mi pecho
eternidades podridas.




AZAÑA ORTEGA

martes, 1 de noviembre de 2011

domingo, 23 de octubre de 2011

El exilio del estiércol


Hemos llegado acá sin entender el camino.
Hemos pisado de todo
y ahora vamos pisándonos a nosotros mismos.

Es octubre por la noche y me pregunto cómo retomar algo que ya asumía muerto. Cómo tender los lazos a un camino que ya creía cerrado y del cual sólo esperaba que la nieve o el polvo de los años empezara a desdibujarlo.

En estos últimos tiempos no he hecho gran cosa, ni siquiera he hecho algo. He intentado vivir bien, simplemente, y me he dado cuenta de lo poco que he vivido. Y como si vivir fuese alejarme de mí o centrarme en lo más hondo, he vuelto a caer de cabeza hacia el mismo punto para (re)empezar de nuevo. Todos los días, todas las noches porque realmente nunca empiezo.

Hoy, por ejemplo, he vuelto a empezar. El camino recorrido —que pensé recorrido— no ha sido más que tiempo acumulado. No hay ningún camino recorrido. Nunca he andado. He permanecido de pie. Quizá en la espera de que una fuerza ajena me empuje (hacia adelante o hacia atrás). Así, he asistido a los días con puntual impuntualidad, acumulando observaciones, creyendo que las caídas y los errores me enseñaban algo. En realidad, lo único que hacía era engañarme. Y casi siempre, después, desengañarme. Un juego iluso que me permitía convivir con los días, mas no con las noches que llegaban insolentes.

No hay nada más triste que saberse inútil ni nada más tonto que aceptarlo. Y no aceptarlo quizá sea más insensato. Porque es mejor abandonarlo todo y asumir el reto de no caminar, quedarse plantado allí bajo el sol, bajo la lluvia, bajo los zapatos y empezar a pisarse sin ninguna piedad, minuto a minuto, una y otra vez, hasta quedar sin vida. Y al menos así imaginar recuperada la dignidad que obtienen lo muertos. Al menos así conquistar la libertad de los encadenados.

Si hemos dejado (abandonado) el mar
no ha sido por necesidad ni por entusiasmo,
ha sido por cobardía.

9 / 10 / 11
AZAÑA ORTEGA
(intentando volver... EN MÍ)

jueves, 26 de mayo de 2011

Ayudemos al Perú. No a la corrupción. No a Keiko.










Votar en blanco es darle el voto a esta inombrable.


Votemos con confianza por Ollanta.


PD:
Mañana viernes 27 de mayo en la plaza San Martín: Rafo Raez, Del Pueblo Del Barrio, Manuelcha Prado, Lalo Salazar, Fernando Rentería, La Sarita, entre otros grupos comprometidos con la transformación y democracia del Perú, ofrecerán el CONCIERTO POR LA GRAN TRANSFORMACIÓN DEL PERÚ en apoyo a Ollanta. La entrada es libre. http://www.diariolaprimeraperu.com/online/espectaculos_8.do
PASA LA VOZ. Que la historia trágica de los noventa no se repita.


AZAÑA ORTEGA

viernes, 21 de enero de 2011

Mediocridad o Rehén del Minotauro

Estoy confundido. Cuán riesgoso puede ser que me encuentre feliz en la melancolía, cuán peligroso caminar por ese filo, cuán dañino no ver la vida con optimismo y no estar contento con ella. La melancolía es mi naturaleza, verdad inexplicable: en ella me encuentro, en ella soy, en ella siento una compleja dicha. Muchas veces una sonrisa en mi rostro es señal de una secreta tristeza.

Sin embargo, una cosa es mi melancolía y otra mi mediocridad. Estoy agotado de referir mi vida con pesimismo, irritado de no tener perseverancia, indignado con mi desorganización, mi irresponsabilidad, mi desorden. Es lamentable que todavía sea una constante. Esto me causa otra clase de tristeza, una tristeza negativa más cercana a la depresión que a la alegría. Todos los días en algún momento me digo que ha llegado la hora de enmendarme pero camino con desorden y en ese laberinto me pierdo siendo cómoda presa del Minotauro. No hay Teseo que me salve. Yo soy mi propio Teseo. Allí radica la dificultad. Soy yo el salvador de mi mundo cuando no he sido capaz de cargar ninguna cruz: antes de que los clavos martillen mi piel ya he estado muerto.

No me siento bien, ni siquiera Chopin me alivia. Esta sensación viene de otro sitio, sus espuelas no tienen el aroma presente, están impregnadas de la hediondez del pasado. Un pasado que se pudre sin verdadera solución, un pasado que trae sus mantas, las aloja en mi cama y se acuesta conmigo todas las noches. No estoy seguro si siempre despierto con él, pero hoy él me ha despertado. Sucumbo. Alguna vez Hebe que ahora vive en París me dijo que derrote a la muerte con la palabra, con mi palabra. Siento que esa tarea es muy alta, apenas la observo desde el sótano. Recuerdo que le decía que la sensación de muerte me rodeaba, era tangible y ubicua; hoy esa sensación ha menguado y casi no aparece; no tengo motivo para intentar derrotarla, además Epicuro en una carta le escribe a Meneceo que no debemos preocuparnos por ella porque cuando nosotros somos, la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros no somos.

Nadie podrá sacarme de este sótano, ni la música ni alguna persona querida ni películas ni los cielos ni siquiera mamá a quien amo tanto. Sólo a mí me concierne, se trata de mi vida y no de los demás. Estoy solo en este sótano sin luz. Tanto tiempo transitando esta baldosa ya me ha dado una orientación, el error es que camino en círculo y no voy más allá quizá por miedo a tropezar o por miedo a alguna refulgencia. Habituado a este encierro la vida no ha sido tan desagradable pero sí inútil y ahora irritante; debo crear una escalera, intentar alcanzar la superficie, el camino en círculo sólo lleva al mismo lugar. Yo estoy cansado y enfermo por estar siempre aquí, en lo mismo, en la indigna ruina de no persistir por lo que yo quiero. Lo he dicho alguna vez: para mí todo fracaso es digno porque todo fracaso implica el sudor, el riesgo, el haber al menos luchado. Yo no puedo tener la dignidad del fracaso porque en mí no ha habido lucha, no ha habido nunca persistencia ni disciplina, he preferido la renuncia a la perseverancia. En ese sentido soy, y quizá siempre lo sea, un hombre mediocre. No de una mediocridad aristotélica en que la excelencia y la virtud son parámetros del justo medio. Mi mediocridad es de las más vulgares y de las más infelices porque no gozo con esta mediocridad, porque estoy hastiado de esta nebulosa y sin embargo duermo en ella.

A veces pienso que hubiera sido mejor quedarme en la ceguera de la mayoría, aplastarme a mirar los programas de televisión, matar el día frente a la computadora en la comunidad de solitarios (que nunca están consigo mismos) y seguir en esta rutina ocupado en lucrar para amontonarme de vanidades innecesarias y mintiéndome que la vida es hermosa.

Pero no puedo, no puedo porque no quiero, porque no me sentiría a gusto, porque esa no es mi vida, porque prefiero morirme ahora mismo que ser un encadenado más de esta época barata, pordiosera y nula. Sin embargo, soy un encadenado más, sólo que en mí existe conciencia de esta cadena (condena). Y no puedo negar que por ratos batallo por desencadenarme, pero es una batalla raquítica que pierde vitalidad al primer soplo en contra. Por eso a veces creo que nunca saldré de este sótano, viviré encerrado buscando maderos para crear la escalera donde no hay ni siquiera árbol ni tierra. (Y menos semillas).



AZAÑA ORTEGA

sábado, 15 de enero de 2011

Tropezar nos hace bien, pero tropezar con inteligencia. Es decir, arriesgando el segundo por conseguir un mañana. Tropezar en la misma falencia y sin arriesgar el menor golpe, la menor lágrima, el menor porvenir, es una total injuria contra nosotros mismos.

enero 2009
AZAÑA ORTEGA

viernes, 14 de enero de 2011

Es necesario respirar presente a presente, establecer un orden, sin el apuro desgraciado en que uno mismo se pisa el talón.

enero 2009
AZAÑA ORTEGA