miércoles, 23 de junio de 2010

Celeste

A Fabiola, quien me dio la voz de esta historia


 Llueve. Ojalá llueva todo el año, así papá y mamá no saldrán de casa y no estaré sola. Es difícil quedarse sola. Yo no puedo. Me da mucho miedo, la casa es tan grande y yo soy tan chiquita. En estos días la señora Maya se está yendo temprano. A las seis me da un beso y me dice que me porte bien; yo la obedezco porque la quiero mucho. Antes se quedaba a dormir, pero ahora su mamá está mal y no puede quedarse con nosotros. Yo creo que Maya nos va a dejar; mamá y papá piensan otras cosas y les da igual si se va o se queda, pero Maya es muy buena conmigo, sería lindo que se quedara con nosotros para siempre

            Yo no entiendo por qué los buenos nos tienen que dejar, el señor Pacho también era muy bueno y tuvo que irse. Mamá dice que ahora está en mejor lugar, hasta se ha curado y ya no le duele la espalda; le cuidan bastante. Aquí nadie lo podía cuidar porque todos andaban muy ocupados, él también andaba muy ocupado con el jardín de la casa, le gustaba mucho las flores. Cuando le digo a mamá que el señor Pacho debe extrañar sus flores, responde que allá tiene muchas más: blancas, rojas, azules, amarillas y de todos los colores que existen, pero yo no sé sus nombres. Quisiera visitarlo, lo extraño mucho. Mamá dice que no puedo ir porque todavía soy niña. Cuando crezca podré ir, me lo ha prometido, por eso ahora quiero crecer, quiero ser grande.

            Quiero ser grande como mamá, como el profesor Benjamín, como todos los grandes. Ellos pueden hacer lo que quieren y no tienen miedo, pero reniegan mucho. A mí no me gusta cuando reniegan, hacen mucha bulla, cambian de cara y me ponen nerviosa, ya ni siquiera puedo jugar con mis muñecas, ellas también se asustan aunque nunca me lo dicen. Son muy tímidas. Yo también soy muy tímida. Le quiero decir a papá que me gustaba cuando jugaba y me contaba historias, le quiero pedir que esté más tiempo conmigo y que me diga por qué sus jefes son muy malos, casi no lo veo, trabaja mucho, su trabajo debe ser muy difícil porque siempre regresa muy cansado y lo único que quiere es dormir.

            A veces, cuando discute con mamá, tiembla todo mi cuerpo, él se enfada rápido. En esos momentos se parece a la foto del diablo que una tarde me mostró mi tía Catalina cuando no quise tomar la sopa. Creo que se ha cansado de mamá. Yo me pongo a llorar en mi cuarto sin que ellos me escuchen, lloro muy bajito. Si papá se da cuenta se enoja más. Una vez se dio cuenta y me pegó. Dijo que no tenía por qué llorar, me pegaba para que otro día no lo vuelva hacer, que era tonto llorar por las puras como una niña. Yo quería decirle que sigo siendo niña, que era mentira que lloraba por las puras, pero callé, no le dije nada, esperaba que mamá venga como otras veces, y mamá nunca vino, a lo mejor se había quedado dormida. No creo, imposible dormir cuando papá regaña y pega; yo no grito cuando lloro, en eso me parezco a mamá. Seguro mamá lloraba. Ella es fuerte, nunca la he visto llorando pero sé que llora como yo a escondidas, aunque siempre me repite que no lo haga, debo ser valiente como ella, no llorar cuando me caigo ni cuando me quedo sola, pero duele mucho quedarse sola y sobre todo en la noche. Pero ya estoy creciendo, ahora lloro menos, cuando cumpla diez ya seré grande, ya no lloraré y podré salir sin permiso como sale mamá.

            Mamá sale casi siempre, eso no le gusta a papá y tampoco me gusta a mí, menos cuando llueve, imagino que alguien horrible entra, me lleva a mí y a mis muñecas. Tonterías, ya tengo ocho, debo dejar de pensar tonterías, mis muñecas se reirían si se enteraran. Ellas son mi compañía cuando duermo y cuando estoy despierta. Mis papás casi nunca son mi compañía. Ahora los dos duermen en su habitación, eso creo porque ya no los escucho, cuando conversan parecen leones, hablan muy fuerte. Los leones son muy feos y muy malos, una vez fui al circo y allí los vi, un león casi mata al señor que tenía su palo, por eso no me gustan los circos, además los payasos son feos, no deberían pintarse las caras ni las bocas, hacer reír no debe ser un sufrimiento, yo sufro cuando los veo, me dan mucho miedo. Todo me da miedo. No, vivir en el campo no me da miedo, es bonito, me gusta mucho, casi siempre es solo mío, puedo correr y correr, sobre todo cuando no está papá y mamá. Maya sí me deja aunque siempre me está viendo y yo quiero que deje de verme, se lo digo y se esconde y yo me río. Tal vez puedo volar si extiendo las manos; no voy muy lejos porque puedo perderme, más allá, en el pueblo, hay personas grandes; Maya, el profesor Benjamín y mis papás dicen que pueden ser malas, que uno nunca sabe con quien conversa, mejor es quedarse en casa, en mi habitación jugando con mis muñecas.

            Mi habitación es única, la decoró mamá, es como el de una princesa. Soy una princesa, pero entonces mamá es reina y papá un rey. No puede ser cierto, no vivimos en un castillo ni tenemos un reino. Entonces… ¿qué soy? No lo sé, solo sé que afuera llueve, es invierno y tengo frío, mucho frío.

AZAÑA ORTEGA, 2009

* (No recuerdo exactamente por qué el 2010 saqué este texto de la red. Entonces llevaba el título «Fabiola Celeste». Ahora, noviembre de 2013, vuelvo a colgarlo pero solo con el segundo nombre).