sábado, 30 de agosto de 2008

CONDENADOS A VIVIR



Tiembla la casa. La fuerza de la comba natural revienta las fisuras y desliza, sin suavidad, ladrillos (también ladridos) en trozos pequeños y los pies corren por salvar sus zapatos. El tiempo había dibujado sin gracia una minúscula raya, casi imperceptible —embrión de la fisura—, y paulatinamente esa pequeña línea se agigantó milímetro a milímetro hasta que un día, de casualidad, uno de los muchos que allí vivían advirtió en la pared centímetros sinvergüenzas que mofaban su logro: una línea trémula había brotado pero no le dio la debida importancia, trajo un cuadro que estaba tirado en la azotea, junto con trastos viejos, y lo colgó: misión cumplida, se tapó la grieta infante. Miró con quietud el nuevo ornamento que había colocado y sonrió por su perspicacia; no obstante, al segundo se percató que no era solo una línea, eran varias las que habían hecho de la pared, su ciudad. Entonces hubo necesidad de comprar más cuadros, de inventar ornatos, no para adornar, sino para tapar la vergüenza producida por las hendiduras que los años habían florecido (líneas en forma de espinas: espinas aquí, espinas allá, ni la pintura lograba un sutil disimulo).

Compró cemento, hizo mezcla con la tierra, trató de mejorar la fachada, el rostro de la sala, de las habitaciones, del baño… Fue un desastre, quedó peor. Con las rajaduras iniciales se veían más agradables. Segundos, minutos, horas… los años, sin proponérselos, carcomen la solidez inicial de toda obra y se va deslizando las energías hacia el conducto último.

Y continúa temblando la casa, aquellas combas cortan la quietud y el sueño. ¿Paz? Tal palabra se torna lejos, huye sin maletas, desvestida de armonía. La casa va cayendo. Lo que costó construirla; se lamentan. Un lacrimoso préstamo, un millar de ladrillos, bolsas de arena, de tierra, de cemento, fierros, albañiles, billares de sudores para cancelar el préstamo, etcétera. Estuvo sostenida, quieta en sus años, mirando los atropellos del tiempo. Cómo jugaban una generación y otra, con los trompos y las canicas, con la liga y las pelotas que caían con fuerza a su pecho. Quién iba a imaginárselo, ¡cae por pedazos!, inerme al golpe insurrecto que la sacude.

Papás la construyeron y allí se casaron, tuvieron hijos… Cuántos cumpleaños se celebraron, cuántas visitas pasaron, cuántas reuniones, cuántos gritos, cuántas lágrimas, abrazos… cuántos secretos guardan esas paredes que se resisten a caer. No es posible (no lo creen) que un segundo derrumbe la vida construida en años. Un instante se apacigua la tierra, hay varios zapatos desfallecidos, continúan corriendo, quieren salvar algún recuerdo pero no pueden hacer nada, solo dejarse moldar…

Y sin pudor, entre gritos y plañidos, regresa como un hechizo la convulsión terrenal, laboriosa, y la dureza célibe de los ladrillos, se ablanda y parece que sacaran banderas blancas de rendición. Cae, cae la casa, se cae a pedazos, de arriba abajo, ladrillo por ladrillo, no hay oración que la detenga, sucumbe Dios, nada detiene la caída… Fragmento tras fragmento de pared se ahogan y solo queda mirar cómo las huellas se derrumban, teniendo el delgado consuelo de que en la memoria aquellas huellas familiares no sucumben, permanecen; aunque en adelante se verá infecta.

Las espinas ahora no están en la pared, están en todos los cuerpos que inquietos lloran y miran y se abrazan y no saben con exactitud qué hacer y lagrimean confundidas, y la vida cuesta, la vida duele. Se está condenado a vivir.

mayo 2008

AZAÑA ORTEGA, Moisés