jueves, 17 de julio de 2008

BAILEMOS



Antes de que lean, recomiendo que pongan de fondo a John Adams «Harmonielehre», y de este modo vivan el instante del baile. 

Faldas que giraban al compás musical de Arturo Ruiz del Pozo fue lo que primero palpé cuando entré al teatro sanmarquino, llenísimo desde la oscuridad aglomerada, todos absortos ante el gran espectáculo.

Me senté en la primera fila para observar con mejor cómo las delgadas figuras femíneas se movían estrepitosas, dando saltos y caminando rápido en todos los sentidos, como en un caos armonioso. Corrían en círculos las cinco, trataban de levantar la falda la una a la otra y la otra a la una; flexibles como plastilinas sus cuerpos tambaleaban por aquí y por allá. Las faldas eran una mixtura de colores cálidos y fríos que llenaban de algo así como primavera. Este primer baile llevaba de título de «FALDAS», coreografía hecha por Maureen Llewellyn Jones.

Pensé que había culminado. Y aunque haya sido rápido, me dije, valió la pena; sin embargo el ballet, para mi sorpresa y alegría, continuó. «YA ESTAMOS LLEGANDO» era el título del siguiente. Dos jóvenes varones con cabeza rapada oscilaban y recorrían empujándose como si protagonizaran una lucha, mientras la música extasiada seguía sus brazos armoniosos bajo acordes nunca escuchados de B. O. S. La coreografía llena de imágenes estuvo a cargo de Luis Valdivia.

Lo que continuó fue una avalancha memorística. La música de Metálica interpretada por Apocalíptica vibraba al compás desenfrenado de los bailarines que fluctuaban sus finos cuerpos de manera acrobática. Tres en uno: la memoria mojaba tres recuerdos en un solo movimiento: "The Unforgiven", "Nothing else matters", "Fade to Black" fueron los que estuvieron dentro del ballet «MEMORIA».

Los ocho pisaban la tabla.

Los ocho removían las redes y nosotros estábamos atentos a todo, no obstante era imposible: cuando se veía a una pareja deslizándose, no se podía ver a la otra, y uno se quedaba con las locas ganas de atraparlas a todas.

Tocó la hora a «ALEGORÍA», representada también en noviembre de 2007; y ese 21 de junio volvía a representarse en la ventana sanmarquina. La presentadora del baile fue enfática al referirse al compositor de la música que iba a rondar al baile: John Adams «Harmonielehre». Llegaba así al fin del espectáculo de movimientos, imágenes que se trasladaban de un lugar a otro, acorde a las expresiones y a la música que habían elegido con perfección para los bailes.

Aún hoy las imágenes bailan en mi mente, el recuerdo de las inclinaciones realizadas por las siluetas delgadas se mueven presionadas por la memoria.

Olvidaba, aunque parece de más decirlo. Al finalizar cada baile los aplausos sacudieron todo el recinto sanmarquino. Y cuando todo culminó, los aplausos eran lo único que rebalsaba, hablaba, gritaba en la sala hasta más sí poder. Los alaridos de las manos todavía recorren las vías de la evocación. ¡Aplausos!, el baile ha finalizado. Pero sigue...


AZAÑA ORTEGA, Moisés