jueves, 17 de abril de 2008

VALLEJO DESDE SUS HUESOS HÚMEROS

Otoño es en Perú. En París, primavera; no obstante él siente el tiempo de Perú y su piel registra las voces del frío que empiezan a cantar cuando el alba ya da su primera luz por la ventana peruana. Pero él sigue acostado en París, enredado entre una sábana que cada día le parece más miserable, más calata: la risa del frío le da una cachetada y tiembla y los ojos no quieren abrirse... Los minutos no gatean, ni caminan, y cuando salen de su noche ni siquiera se persignan, solo corren y corren y corren, a cada paso más rápido y ya es tarde para abrir los ojos, ya es tarde para atender la vida, estás afuera… Cesa el clamor de regresar a su país natal.
“César Vallejo ha muerto”… Indiquemos, mejor, que ha resucitado, o citando a la realidad: nunca ha muerto. “Cuando alguien se va, alguien queda.” No sólo por sus palabras que reemplazaron a las semillas en la vida, sino por toda la acción sacrificada que desvistió su alma hasta dejarla y que convive aún con nosotros: más vivo que nosotros mismos. Su nombre lleva impregnado el olor peruano y el dolor mundial de los maltratados por el Estado, la injusticia, aquellos que visten prendas de tachuelas en el trabajo para vivir, o como es usual decir, sobrevivir.
De la mano de la miseria, el hambre, la techumbre de su casa tapizada por la noche y la cama de lágrimas, vio el fulgor un 16 de marzo hace 116 años, en Santiago de Chuco, y sintetizó “Yo nací un día que Dios estuvo enfermo, grave”, siendo el último retoño de los ya doce hijos. Su vida misma constituyó el embrión de su razón por la cual cristalizó en sí aquella manera genuina y espléndida de martillar su sentimiento en cada madero de sus palabras, irradiada en renglones eternos de queja y dolor humanos, pues “hay golpes tan fuertes en la vida”, y sí que los supo. Su hermano Miguel y su madre se murieron (“Dios mío tú no tienes Marías que se van”) cuando aún llovía sobre su piel el ornamento de la juventud. Injustamente encarcelado por 112 días escribe Escalas melagrofiadas y fracción de su excelso poemario Trilce, título del que aún hoy se trata de saber su exacto significado.
Ha dejado sus letras empapadas en todo recoveco: poema, ensayo, cuento, novela, teatro, crónica… Su obra, diluvial y ostentosa: un lienzo divino de dolor, rebeldía, color claroscuro, pinta que sea uno de los escritores que comande el pináculo de la mitad del S. XX. De suntuoso bocado en sus versos y de un glamour perenne en el sufrir, la vida y sus derroteros poblados de féretros; Vallejo ha sido, es y seguirá siendo un ícono en la poesía, junto con otros extraterrestres de la lírica y por ello es estudiado en las páginas universales.
"Yo no sufro este dolor como César Vallejo. Yo no me duelo ahora como artista, como hombre ni como simple ser vivo siquiera... Hoy sufro solamente". Y ahora, abril, “como es hoy de otoño” en Perú, se cumple 70 años de su partida a la eternidad. La oscuridad de la muerte lo sepulta un “Viernes Santo más dulce que ese beso” 15 de 1938, en la mañana de la ciudad parisina, vaticinada por él: “Me moriré en París con aguacero/ un día del cual tengo ya el recuerdo”, pero no hubo aguacero sino en Perú, y lo sigue habiendo: aguacero de homenajes y de frutos que sus versos sembraron.
Los aplausos se propagan, se encienden desde los corazones hasta aquel verso que Georgette clavó en su lápida un dieciocho de abril, tres días después de su fenecer y Vallejo siente que vive otra vez. Y, desde luego, vivirá siempre.

AZAÑA, Moizés